Carta a una niña
Hola, mi niña.
Quería escribirte unas palabras, que
sabes, son tan torpes y es que quiero saber de vos.
Mientras largo al vacío un montón de
ideas sueltas sobre tu rostro, espero que hoy por fin
estés bien.
Recordaba, con un café sobre la mesita
de la tarde, tu vestido rosa en mis tardes de
otoño y la cadencia de las
flores acariciando tu pelo.
Si hasta parece que puedo escuchar las
hojas de abril crujiendo enojosas bajo tus pies
mientras bailan sobre los míos, de
a dos. Aquellas tardes veía tu danzar, tu volar en la
vereda, mientras tus sueños ataban
tus botas rojas. Escucho tu música, mientras
seco las tintas que preguntan por vos.
Me gustaría ahora, que estés
sonriendo, mientras te pienso lentamente, quisiera,
repito,
que estés mejor.
Recuerdo, sonriendo, tus ojos
descansando sobre la almohada, eran un sueño de verano
verlos brillar bajo el hilo
de luz de mi puerta de hogar.
Ver tus dedos sobre el borde de la
ventana, viendo pasar la gente silenciosa, mientras
charlaban de cosas que parecían no
importar. Yo te miraba sin que me vieras, y tu sigilosa
pareciendo dibujar un cuadro que
siempre quise colgar en la pared de atrás.
También recuerdo ese lazo que sostenía
tu falda, mientras corrías entre los coloridos
árboles y tu rostro de
alegría esmerilaba los vidrios que ocultaban un sendero que
parecías ir escribiendo hacia atrás.
Espero, hermosa mía, que ya no cargues
con la tristeza en tu boca y que las josefinas
pinten de nuevo tu jardín.
Mientras tanto cierro mis ojos y puedo
ver aquellas tardes junto a ti, en el estar. Esos
días de abril fueron dos
estaciones, mientras observaba la melodía en tus piernas cuando
salías de la ducha.
Tus lunares clareaban bajo el sol de ese
otoño, mientras me cantabas poemas de la
infancia sobre la hamaca en la
entrada, o el en sofá.
Recuerdo, muy claramente, la brisa que
decoraba las calles y marcaban mi rumbo
descontrolado como queriéndote abrazar, y
aquella marca que llevas en tu cuello, era
una pista para poderte recorren sin
perderme en la locura que provoca tu llevar.
“Mi niña”, pronuncio despacio al
ver tu nombre, mientras se seca tu ropa a los pies de la
cama. Veo tus sueños de amor
cuando no te tengo, porque despierto por las noches,
cuando no estás.
Recuerdo tus mejillas distantes entre
las sábanas, esas que hacen sonrojar hasta el más
recio que intente reaccionar.
También recuerdo tu pelo sobre tu
espalda, y tus pestañas pavoneándose cuando
presumes de tu belleza haciendo equilibrio sobre el cordón.
Extraño que seas lo ultimo que veo
cuando descanso, y lo primero que pienso a la
mañana al despertar.
Ahora te escribo sollozando, ahora solo
quiero saber de vos.
Quisiera, si me dejas, secar tus llantos
y volver a verte en mis atardeceres. Tu vida,
pequeña mía, es un consuelo,
recordando las tardes con tus ojos sobre mi sien.
Me pregunto ahora, qué es lo
que piensas, qué es lo que sueñas, qué ves con tus pies
sobre la arena, qué dibujas con
estrellas en la orilla del mar.
Ahora, no te tengo pero sí te sueño, y
veo mi vida irse entre las olas, ebrio de verte
mientras desvaneces a la
distancia.
Te cuento, que estoy tan bien, no estoy
tan bien sin ver tu voz.
Adios, mi niña. Espero que estés mejor...
Adios, mi niña. Espero que estés mejor...



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