32 piezas


La estantería de 32 piezas quedó sostenida
apenas por un solo tornillo.
El sol, aquella tarde, se veía amaneciendo. En mis hombros sus fragancia, en mis 
sienes sus historias. 
Camino cerca para no escapar.
La silla, medio rota, medio vieja, dejó de 
rechinar sobre la acera.
El café desvelado, no terminó ese día, y 
parece no terminar jamás.
En mi mano rozaba despacio su pecho, como queriendo cobijar, de pronto, su corazón.
Mi frente sintió la tibieza de sus besos, fueron tiernas sus caricias, una brisa matinal.
Las luces de los focos parecían ser gaviotas, anunciando la costa sobre el brillo de su voz.
Se escapó mi piel para que abrigue sus sueños, la manta que lo acune cuando esté lejos 
de mi.
Susurraron hoy mis sueños para que alcancen su casa, destellaron mis ojos buscando su 
razón.
Mandalas pendieron decorando las persianas, arrullando los versos que los buscan al 
cantar.
Cierro y veo un desayuno que ha tardado, las piernas entrelazadas que quieren despertar.
El cielo esa noche fue una paleta de pasteles, era cálido, era como estar en mi hogar.
Mis ojos prisioneros, no durmieron hasta el alba. Imágenes de nubes fueron sueños de 
vivir.
El viento de su voz, son sus brazos que me atrapan, mi magia, su energía, no me suelta, 
no me puedo ir.
Fue planeta su universo, un infinito a descubrir, son sus manos extendidas, un territorio 
por conocer.
Fueron estrellas sus palabras, y furia su inmensa fuerza, vaivenes que abatían fatigando 
al mismo mar.
Y la noche se hizo vieja, su halo de luz en mi camino, me hizo regresar lentamente a mi 
hogar.
Mis miedos quedaron maltrechos en las sombras, extendí mis brazos para soltar mi libertad.
La calma de su voz se hizo suave en mi recuerdo, cierro mis ojos, vuelvo a soñar.



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