"La vida no se mide años, sino en asombros"




"La vida no se mide en años, sino en asombros..."
Y yo esa noche me asombré...
Esa tarde fue como andar descalza sobre el pasto recién cortado, como la gramilla húmeda después de una tormenta de verano. 
Una sensación de confort y aventura, de esas cosas difíciles de contar.
Sentí que me embarcaba en un mar de aguas profundas, llena de nuevos mundos
que quería descubrir.
Sentí miedo, placer, dolor, paz, adrenalina, me sentí cómoda, me sentí audaz...
Mi mente se expandía por momentos, por otros se sentía pequeña ante tanta novedad.
-¡Buenas nuevas!
Dije, mientras la niebla que cubría mis ojos se empezaba a escurrir por mi rostro como queriendo destapar el alma, como corriendo un maquillaje de verdades que me asechan y me estorban.
Centenares de suspiros me propulsaban a nuevas ideas, a cosas verdaderas que parecían no tener fin.
Un caudal interminable de sensaciones me transportaron a un abismo en el cual me quise embarcar.
Sentí como el calor de la noche que poco a poco caía, me reconfortaba en un abrazo que parecía se más grande y cada vez más y más.
Ese cálido abrazo que me devora parecía ser eterno, era brutal.
Se escuchaba a lo lejos una bandada de gaviotas que parecían anunciar la llegada a un nuevo puerto, tan parecido a otros, tan singular como él solo.
Soñé con otros mundos, con mis ojos en su amplitud, me soñé a salvo, me sentí fugaz.
Sentí cómo mi mente retomaba un camino que parecía perdido e imposible de recuperar. Alcancé ideas que creí olvidadas, me encontré con centenares de mundos por conquistar.
El reloj biológico se fue escurriendo entre mis manos, como el más insignificante grano de arena, en el cual podía caber apenas mi mundo.
Ese reloj que corrompe los sentimientos más profundos y el verdadero concepto de la libertad, tapando tus ojos y haciéndote creer que éso es lo real, lo que los demás esperan de vos pareciera ser solo un faro de donde todos se quieren iluminar.
Ése día, esa tarde, aquella noche, me reencontré con mis pensamientos más ocultos y los dejé salir sin sentir vergüenza, sin tener miedo de pensar.
Y aunque esos pensamientos solo quedaron en mi, el hecho de volver a encontrarlos me hacía feliz.
Me sentí tan pequeña, que parecía que entrar en la esquina de un dedal, en un pedacito de cielo, en el hueco de la mano o en una cajita musical.
Me vi tan inquieta, tan curiosa, tan difícil de apaciguar, que sentí que se despertaba esa niña, esa que nunca dejo escapar.
Esa noche soné como tantas noches, pero con un horizonte más amplio, una ventana, una pradera, un universo, esas cosas que no se pueden interpretar...






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