Cúlmine de una soledad.
No podría decir con certeza en qué
momento comenzó a pasar todo esto, ni por qué todos
mis sentidos quedaron concentrados en
mis manos, como si ellas tuvieran tan solo una delgada capa de piel
que me protege y me hace sentir todo intensamente.
Los sonidos, los colores y los sabores
recorrían mis eternos dedos y caían acurrucados en el hueco que
forman las palmas de mis manos. Recorría con ellos las superficies
de mis cosas perdidas, mis dedos se movían dulcemente como
interpretando una melodía en un enorme piano.
Pero de todas las superficies que pude descubrir había una que hace años no sentía, y era el áspero y delicioso sabor del dulce de leche que comía de pequeña. Aquellos hermosos potes de vidrio que al abrirlos hacían de ese momento un momento de eterna felicidad, que se perpetuaba en mis ojos, para no irse jamás. Ese sabor no pude encontrarlo ni siquiera en la esquina de mi cuarto, junto a mi cama, donde descansa la arenilla que cae de la pared al igual que la humedad de la noche.
Ya no estaba. Así que mientras mi mente se llenaba de nostalgia mis largos y delgados dedos de mi mano izquierda descansaban bajo los fríos vidrios de mi ventana, para ser humedecidos por los restos de agua que barría con mi otra mano mientras escribía en ellos eternas odas al vacío.
Ese melancólico y arrullador otoño no quiso dejarme y al insomnio lo bajé con alcohol. Los días se hacían noches, las semanas meses, los años una eternidad. Ese espeso y dulce néctar puso a mis días de un castaño continuo, era un tedio de un abanico cromático que me hipnotizaba pero me alejaba de todo.
Éramos solo mi soledad y yo.
Pero de todas las superficies que pude descubrir había una que hace años no sentía, y era el áspero y delicioso sabor del dulce de leche que comía de pequeña. Aquellos hermosos potes de vidrio que al abrirlos hacían de ese momento un momento de eterna felicidad, que se perpetuaba en mis ojos, para no irse jamás. Ese sabor no pude encontrarlo ni siquiera en la esquina de mi cuarto, junto a mi cama, donde descansa la arenilla que cae de la pared al igual que la humedad de la noche.
Ya no estaba. Así que mientras mi mente se llenaba de nostalgia mis largos y delgados dedos de mi mano izquierda descansaban bajo los fríos vidrios de mi ventana, para ser humedecidos por los restos de agua que barría con mi otra mano mientras escribía en ellos eternas odas al vacío.
Ese melancólico y arrullador otoño no quiso dejarme y al insomnio lo bajé con alcohol. Los días se hacían noches, las semanas meses, los años una eternidad. Ese espeso y dulce néctar puso a mis días de un castaño continuo, era un tedio de un abanico cromático que me hipnotizaba pero me alejaba de todo.
Éramos solo mi soledad y yo.
Pero un día algunas cosas empezaron a
cambiar, la paleta de colores comenzó a ser distinta, ahora habían
colores vivos y alegres. Rosas y violetas, muchos colores pastel
aparecían como danzando frente a mis ojos. Comencé a reconocer con
mis dedos nuevas superficies que permanecían en alguna parte
de mi mente pero que ya había olvidado. El sol parecía salir cada
mañana y hasta el viento interpretaba una melodía distinta cada
vez. Recuerdo un día que estaba sentada en mi cuarto mirando
por la ventana y una tibia brisa acarició mi espalda, fue una
energía tan vital que cerré mis ojos y me vi en el espejo con un
rostro rozagante y lleno de paz.
Ya no estaba sola. Al día siguiente la brisa se coló nuevamente atando mis pies a la silla y un sinfín de fotos mentales me mostraban a alguien que no conocía pero con quien parecía estar feliz. Hasta que al tercer día, esa caricia tibia que subía por mis pies me envolvió como un potente torbellino hasta ahogar todos mis sentidos, me supe viva. Un cautivante e intenso perfume masculino inundó todo el lugar, como si hubiera abierto una caja de donde salían las cosas más maravillosas que podría imaginar. Recobré todos mis sentidos pero no sabía qué hacer. Al día siguiente no ocurrió absolutamente nada, era un vacío existencial difícil de dominar. 30 largos días duraron esas 24 horas de espera de que ocurriera algo, ya no importaba si era un desfile de cosas inusuales, o el retorno al interminable otoño, solo quería que pasara algo, solo quería volver a sentir. ¿Para qué querría ahora todos mis sentidos si no tenía qué ver, qué oír o qué oler…?
No había nada.
¿Qué habría sido de todas las imágenes que había visto aquel día?
Y ese perfume… Me acerqué a la ventana y comencé a dibujarlo en el vapor de los vidrios. 9 vidrios tenía mi ventana, 9 hombres que no recordaba. -¡¿Quién sos?! –Grité. Y ni el eco respondió. -¡¿Quién sos?! –Lloré. Y alguien puso su mano en mi hombro. Era él… con una flor en una mano y una soledad por desterrar. Cada noche vino desde lejos, cada noche lo trajo mi insomnio, con esa flor que guardé una a una en mi placar. Ahora las noches comenzaron a tener sentido, me encontraba tan obnubilada por su presencia que las palabras se hacían nada cuando quería hablar de él. Era todo sublime, un sueño diferente cada vez. Cada flor un mundo distinto, el aroma de cada una de ellas un territorio nuevo por conquistar. Su aliento en mi cuello anunciaba su llegada desde lejos.
Cada noche volvía a nacer.
Y los días eran un cúmulo de soledades que juntaba como recogiendo hojas en la vereda y las tiraba en un tacho de basura para que se fueran bien lejos.
Cada día revivía la ilusión que me hacía sentir y seguir.
Pero una noche mientras lo esperaba llegar, un ruido ensordecedor comenzó a invadir todo el lugar, era un sonido intenso y punzante que desgarraba mis oídos. No sabía de dónde venía ni podía saber a ciencia cierta qué lo provocaba, pero era insoportable. Miré a todos lados y nada veía, miré hacia afuera, pero no parecía encontrar su origen. Hasta que desperté... La alarma de mi reloj anunciaba que eran las 7 AM y debía levantarme como todos los días, para ir a trabajar. Ese sueño había sido muy pesado, profundo, se sentía como si hubieran pasado semanas, se sentía raro. Esa mañana era de un frío indescriptible. Me senté en la cama tratando de despertar de una vez, me resultó difícil. Tenía residuos de la noche, de un sueño muy vívido que no me dejaba volver a la realidad, de alguien que había llegado a mi vida pero a quién no podía encontrar. Miré hacia los pies de la cama y vi colgada sobre ella una bufanda verde que no era mía, al menos no recordaba que fuera mía y nadie había estado en mi casa en mucho tiempo.
¿De quién sería? ¿Qué haría allí?
La observe con curiosidad durante un instante, acto seguido me acerqué y la tomé entre mis manos, se sintió como un delicioso aroma invadía mis sentidos, un aroma que recordaba de algún lado, que me era familiar, pero no sabía de dónde.
Más tarde me dirigí a la cocina a desayunar para por fin partir a mi trabajo, siempre pensando en lo que ocurría, algo que no podía explicar… Al salir hacia mi trabajo vi que en el piso sobre el tercer escalón había una pequeña caja. La observé desde lejos, intrigada, y me acerqué a tomarla con tanta curiosidad como cautela. La abrí suavemente y dentro de ella había una rosa blanca sobre una esquela ilegible. Un poco desconcertada salí hasta la vereda para ver si podía encontrar a quien me había dejado esa caja, pero no tuve éxito. Entré nuevamente a la casa e intenté descifrar lo que decía esa esquela pero no pude. Casi angustiada por la situación de la que no encontraba lógica, sostuve por un rato la esquela en mis manos, la observé y pasé lentamente mis dedos sobre ella. Me estremecí de un modo poco calculable, había entendido todo… en ella estaba grabada la imagen de un hombre que ya conocía, sobre el áspero y delicioso sabor del dulce de leche… Ya no estaba sola.
Ya no estaba sola. Al día siguiente la brisa se coló nuevamente atando mis pies a la silla y un sinfín de fotos mentales me mostraban a alguien que no conocía pero con quien parecía estar feliz. Hasta que al tercer día, esa caricia tibia que subía por mis pies me envolvió como un potente torbellino hasta ahogar todos mis sentidos, me supe viva. Un cautivante e intenso perfume masculino inundó todo el lugar, como si hubiera abierto una caja de donde salían las cosas más maravillosas que podría imaginar. Recobré todos mis sentidos pero no sabía qué hacer. Al día siguiente no ocurrió absolutamente nada, era un vacío existencial difícil de dominar. 30 largos días duraron esas 24 horas de espera de que ocurriera algo, ya no importaba si era un desfile de cosas inusuales, o el retorno al interminable otoño, solo quería que pasara algo, solo quería volver a sentir. ¿Para qué querría ahora todos mis sentidos si no tenía qué ver, qué oír o qué oler…?
No había nada.
¿Qué habría sido de todas las imágenes que había visto aquel día?
Y ese perfume… Me acerqué a la ventana y comencé a dibujarlo en el vapor de los vidrios. 9 vidrios tenía mi ventana, 9 hombres que no recordaba. -¡¿Quién sos?! –Grité. Y ni el eco respondió. -¡¿Quién sos?! –Lloré. Y alguien puso su mano en mi hombro. Era él… con una flor en una mano y una soledad por desterrar. Cada noche vino desde lejos, cada noche lo trajo mi insomnio, con esa flor que guardé una a una en mi placar. Ahora las noches comenzaron a tener sentido, me encontraba tan obnubilada por su presencia que las palabras se hacían nada cuando quería hablar de él. Era todo sublime, un sueño diferente cada vez. Cada flor un mundo distinto, el aroma de cada una de ellas un territorio nuevo por conquistar. Su aliento en mi cuello anunciaba su llegada desde lejos.
Cada noche volvía a nacer.
Y los días eran un cúmulo de soledades que juntaba como recogiendo hojas en la vereda y las tiraba en un tacho de basura para que se fueran bien lejos.
Cada día revivía la ilusión que me hacía sentir y seguir.
Pero una noche mientras lo esperaba llegar, un ruido ensordecedor comenzó a invadir todo el lugar, era un sonido intenso y punzante que desgarraba mis oídos. No sabía de dónde venía ni podía saber a ciencia cierta qué lo provocaba, pero era insoportable. Miré a todos lados y nada veía, miré hacia afuera, pero no parecía encontrar su origen. Hasta que desperté... La alarma de mi reloj anunciaba que eran las 7 AM y debía levantarme como todos los días, para ir a trabajar. Ese sueño había sido muy pesado, profundo, se sentía como si hubieran pasado semanas, se sentía raro. Esa mañana era de un frío indescriptible. Me senté en la cama tratando de despertar de una vez, me resultó difícil. Tenía residuos de la noche, de un sueño muy vívido que no me dejaba volver a la realidad, de alguien que había llegado a mi vida pero a quién no podía encontrar. Miré hacia los pies de la cama y vi colgada sobre ella una bufanda verde que no era mía, al menos no recordaba que fuera mía y nadie había estado en mi casa en mucho tiempo.
¿De quién sería? ¿Qué haría allí?
La observe con curiosidad durante un instante, acto seguido me acerqué y la tomé entre mis manos, se sintió como un delicioso aroma invadía mis sentidos, un aroma que recordaba de algún lado, que me era familiar, pero no sabía de dónde.
Más tarde me dirigí a la cocina a desayunar para por fin partir a mi trabajo, siempre pensando en lo que ocurría, algo que no podía explicar… Al salir hacia mi trabajo vi que en el piso sobre el tercer escalón había una pequeña caja. La observé desde lejos, intrigada, y me acerqué a tomarla con tanta curiosidad como cautela. La abrí suavemente y dentro de ella había una rosa blanca sobre una esquela ilegible. Un poco desconcertada salí hasta la vereda para ver si podía encontrar a quien me había dejado esa caja, pero no tuve éxito. Entré nuevamente a la casa e intenté descifrar lo que decía esa esquela pero no pude. Casi angustiada por la situación de la que no encontraba lógica, sostuve por un rato la esquela en mis manos, la observé y pasé lentamente mis dedos sobre ella. Me estremecí de un modo poco calculable, había entendido todo… en ella estaba grabada la imagen de un hombre que ya conocía, sobre el áspero y delicioso sabor del dulce de leche… Ya no estaba sola.



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