El juego de mi vida.



       Si los que suelen decirme palabras hermosas sin mero respaldo emocional de lo que rezan y a las que respondo de igual medida como si fuera una especie de juego de rol, supieran que siempre tengo en cuenta las cartas que me tocaron. Dejarían de sentirse tan omnipotentes e imprescindibles en mi vida y hasta quizás se sentirían heridos en el orgullo.
Por el contrario, si los que son capaces de decir las mismas palabras hermosas con el contenido real que cada una de ellas guarda, responsabilizándose emocionalmente de su significado, entendieran que tengo la virtud de responder de igual modo, al punto de estremecerme hasta fallecer.
Dejarían de pensar que soy una persona fría y calculadora y entenderían que simplemente tengo muy en claro qué juego jugar con cada uno.
Y si los menos rigurosos dejaran de creer que si hablamos de la vida o el amor en términos de "Juego" no estamos asumiendo la seriedad o el compromiso real que merecen el acto solemne de vivir o la aventura irremediable del amor. Y se dieran cuenta que en cada una de nuestras acciones diarias y casi sin notarlo, estamos planeando una estrategia para mantenernos vivos y llegar a la meta deseada. Entenderían de qué va realmente la vida y de qué se trata el amor y hasta quizás jugarían su propio juego sin perder el tiempo entrometiéndose en la jugada de los demás.


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